La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Claro que no, señor —dijo Sam, acercándole a Haley las riendas mientras le sujetaba el estribo, a la vez que Andy desataba los otros dos caballos.
En el mismo instante en que Haley tocó la silla, el brioso animal dejó el suelo con un brinco repentino que dejó tendido al amo, a unos pies de distancia, sobre el césped blando y seco. Sam, exclamando frenéticamente, se lanzó a cogerle las riendas, pero sólo consiguió que el susodicho sombrero flamante rozara los ojos del caballo, cosa que no ayudó a aplacarle los nervios. Así que derribó a Sam con gran vehemencia y, soltando un par de resoplidos, movió los pies en el aire y se alejó haciendo cabriolas al otro extremo del césped, seguido por Bill y Jerry, que Andy no había olvidado soltar, según lo acordado, sino que los espantaba con varias exclamaciones tremendas. Siguió una escena de confusión miscelánea. Sam y Andy corrían y voceaban, los perros ladraban aquí y allá, y Mike, Mose, Mandy, Fanny y todos los especímenes menores del lugar, tanto masculinos como femeninos, correteaban, batían palmas, vitoreaban y chillaban con terrible oficiosidad e inagotable energía.