La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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El caballo de Haley, que era blanco y muy rápido y animoso, pareció adoptar el espíritu de la ocasión con gran entusiasmo, y, disponiendo para la cacería de un césped de casi media milla de extensión, rodeado por todas partes de tupido bosque, parecía deleitarse sobremanera permitiendo que sus perseguidores se acercasen y, cuando estaban a punto de cogerlo, se alejaba con un salto y un relincho para adentrarse en algún recoveco del bosque. Nada había más lejos de la intención de Sam que dejar prender a alguno de la recua hasta que a él le pareciese el momento idóneo, y los esfuerzos que hacía eran, sin duda, heroicos. Como la espada de Ricardo Corazón de León, que siempre resplandecía en la línea de combate más reñida, la hoja de palmera de Sam se veía en todos los sitios donde menos posibilidad había de coger un caballo; allí se lanzaba a toda velocidad gritando: «Ahora sí; ¡lo he cogido, lo he cogido!», de tal manera que producía un alboroto indiscriminado en el acto.

Haley corría arriba y abajo, porfiando y blasfemando y pateando a la vez. El señor Shelby intentaba en vano gritar instrucciones desde el porche, y la señora Shelby se reía y se admiraba alternativamente desde su balcón, con alguna sospecha en torno a la causa de tanta confusión.


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