La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Por fin, alrededor de las doce, apareció triunfante Sam montando a Jeny, con el caballo de Haley a su lado, bañado en sudor pero con los ojos llameantes y los belfos dilatados, en señal de que no se habÃa aplacado del todo su espÃritu de libertad.
—¡Está cogido! —exclamó triunfante—. De no ser por mÃ, todos hubieran reventado; ¡pero yo lo he cogido!
—¡Tú! —rezongó Haley, de un humor de perros—. De no ser por ti, esto no hubiera ocurrido.
—¡Que el Señor nos ampare, señor! —dijo Sam, con voz de gran preocupación—, ¡si no he parado de corretear y acosar hasta que estoy hecho un mar de sudor!
—¡Vaya, vaya! —dijo Haley—, me has hecho perder casi tres horas con tus tonterÃas. Vámonos ya, sin más pérdida de tiempo.
—Pero, señor —dijo Sam con tono suplicante—, creo que pretende matarnos a todos, caballos incluidos. Aquà estamos a punto de desfallecer, y todos los animales bañados en sudor. No pensará el señor salir hasta después de comer. El caballo del señor necesita un cepillado, mire cómo se ha manchado, y Jerry está cojo; no creo que la señora permita que salgamos de esta manera, de ningún modo. ¡Que el Señor le bendiga, señor! Podremos alcanzarla aunque paremos. Lizy nunca ha sido gran cosa caminando.