La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La señora Shelby, que había oído esta conversación desde el porche con gran diversión, decidió aportar su grano de arena. Se aproximó y, expresando cortésmente su preocupación por el accidente de Haley, le instó a que se quedara a comer, diciendo que la cocinera serviría la comida inmediatamente.
Así, después de sopesarlo todo y un poco a regañadientes, Haley se dirigió al salón, mientras Sam, girando los ojos con un significado inefable, se dirigió gravemente a los establos con los caballos.
—¿Lo has visto, Andy? ¿Lo has visto? —preguntó Sam, una vez que estuvieron más allá de la protección del granero y hubo atado el caballo a un poste—. Oh, Señor, si era tan bueno como una reunión verlo bailando y pateando e insultándonos. ¡Cómo lo he oído! Tú porfía, viejo (decía yo para mí); ¿quieres tener tu caballo ahora, o esperarás hasta cogerlo? (decía yo). Dios, Andy, creo verlo todavía —y Sam y Andy se apoyaron en el granero y se rieron hasta hartarse.
—Tendrías que haberle visto la cara furiosa, cuando le he traído el caballo. Oh, Señor, me hubiera matado, si se hubiera atrevido; y ahí estaba yo, tan inocente y humilde.
—Señor, si te he visto —dijo Andy— eres todo un caso, ¿verdad, Sam?
—Creo que lo soy —dijo Sam—. ¿Has visto al ama arriba en la ventana? La he visto reírse.