Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIII. Una vez establecida la alianza con Antonio y Lépido, aunque enfermo y débil, acabó también la guerra de Filipos con una doble batalla, en la primera de las cuales, desalojado de su campamento por los enemigos, a duras penas pudo escapar, huyendo al ala del ejército mandada por Antonio. No mostró tampoco ninguna mesura en el éxito de la victoria, sino que, además de enviar a Roma la cabeza de Bruto para que se colocase a los pies de la estatua de César, después de injuriarlos verbalmente, se encarnizó con los más ilustres de los cautivos hasta tal extremo que, a uno de ellos que le suplicaba que le diera muerte y lo enterrase, se dice que le respondió que «esto será pronto trabajo de los buitres»; a otros dos, padre e hijo, que le rogaban por su vida, les ordenó echar a suertes o jugarse a la morra[13] a cuál de los dos tenía que perdonar; y que contempló con deleite cómo morían los dos, ya que, después de matar al padre, que se había ofrecido voluntariamente, también el hijo se suicidó. Por todo ello, los demás prisioneros, entre ellos Marco Favonio, el rival de Catón, al ser llevados a su presencia cargados de cadenas, después de saludar honoríficamente a Marco Antonio como imperator, organizaron delante de él un tremendo griterío, tratándolo de infame y canalla. Habiéndose repartido entre ellos el poder después de la victoria, de forma que Antonio debía reorganizar el Oriente y Augusto conducir de nuevo a Italia a los veteranos y ubicarlos en las tierras municipales, este último no supo ganarse el favor ni de los veteranos ni de los propietarios, quejándose éstos de que habían sido expulsados de sus tierras y, aquéllos, de que no habían sido tratados en consonancia a sus méritos.