Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XCII. Respetaba algunos augurios y presagios, dándoles total crédito. Si por la mañana se ponía por error el zapato izquierdo en el pie derecho, era un terrible presagio. Si, al partir por tierra o por mar para un largo viaje, caía casualmente rocío, era un feliz presagio de un rápido y propicio regreso. Pero, sin duda, eran las manifestaciones prodigiosas las que mayor influencia ejercían sobre él. Una palmera que había brotado entre las junturas del empedrado delante de su casa, la trasplantó al compluvium[107], junto a sus dioses Penates, y puso especial cuidado en hacerla arraigar sana y fuerte. En la isla de Capri se alegró tanto de que las ramas, ya medio secas y arqueadas casi hasta el suelo, de una antiquísima encina reverdecieran al llegar él a la isla, que intercambió con la administración de Nápoles la isla de Capri por la de Enaria. También tenía en cuenta determinados días, de forma que el día siguiente a las nundinas[108] evitaba viajar a parte alguna y durante las nonas[109] no comenzaba ningún asunto de importancia; no pretendía otra cosa con ello que soslayar, como escribe a Tiberio, el mal augurio del propio nombre de esas fechas.





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