Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Junto a Munda, cuando el divino Julio César hacía talar el bosque con el fin de despejar un lugar para el campamento, ordenó que se conservase, como un presagio de victoria, una palmera encontrada allí. Habiendo brotado inmediatamente de ella un vástago, en pocos días creció tanto que no sólo igualó a la palmera madre, sino que la tapó y se pobló de abundantes nidos de palomas, aun cuando esta clase de aves evita siempre su follaje duro y áspero. Y cuentan que César, movido sobre todo por este prodigio, decidió que no le sucedería ningún otro que no fuese el nieto de su hermana.
Durante su estancia en Apolonia, se había dirigido Augusto en compañía de Agripa al observatorio del astrólogo Teógenes. Después de predecir a Agripa —que había sido el primero en hacer la consulta— grandes y casi increíbles hazañas, Augusto se negaba obstinadamente a decir su signo zodiacal y a que le revelara su horóscopo, por miedo y vergüenza de que resultase menos importante. Cuando por fin se lo dijo, aunque todavía vacilante y tras numerosos ruegos, Teógenes se puso en pie de un salto y le adoró. Tan gran confianza cobró Augusto en su destino a partir de ese momento, que hizo público su horóscopo e hizo acuñar monedas de plata con la figura de la constelación de Capricornio, bajo la cual había nacido.