Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XCVI. También conoció con antelación el desenlace de todas las guerras. Estando concentradas en Bolonia las tropas de los triunviros, un águila que se había posado sobre su tienda atacó y abatió a dos cuervos que la hostigaban desde ambos costados, comprendiendo así todo el ejército que algún día se produciría entre los colegas un violento enfrentamiento —tal como efectivamente sucedió— y cuál sería el resultado. En Filipos, un tal Tesalo, pronosticó la futura victoria (según él, por revelación del divino César, cuya imagen se le había aparecido en un intrincado camino). Cerca de Perusia, Augusto, al no obtener presagios favorables en el sacrificio, ordenó que se aumentase el número de víctimas; los enemigos entonces, en una súbita salida, les arrebataron todo lo que tenían preparado para el sacrificio. Fue opinión unánime entre los arúspices, que los augurios peligrosos y adversos para el sacerdote que había ofrecido el sacrificio recaerían ahora sobre aquellos que en ese momento tenían en su poder las entrañas, y así sucedió realmente. La víspera de entablar con su flota la batalla naval de Sicilia, mientras paseaba por la playa, saltó un pez fuera del mar y cayó a sus pies. En Accio, cuando descendía hacia el campo de batalla, se topó con un borriquillo y su pastor. El hombre se llamaba Eutico[113] y Nicon, el animal. Cuando hubo conseguido la victoria, erigió una estatua en bronce de ambos en el templo en que convirtió el lugar donde había estado ubicado su campamento.