Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XCVII. También su muerte, de la que hablaré más tarde, y su posterior divinización fue presagiada con evidentísimos portentos. Cuando, en el Campo de Marte, estaba ofreciendo con una extraordinaria afluencia del pueblo el sacrificio ritual por la terminación del censo, un águila voló repetidas veces a su alrededor y, habiéndose dirigido al templo vecino, se posó sobre la primera letra del nombre de Agripa. Al darse cuenta Augusto de ello, ordenó a su colega Tiberio pronunciar los votos, que según la tradición debían formularse para el próximo lustro. Él, en efecto, se negó a hacerlo, aduciendo que, aunque los tenía escritos y preparados en las tablillas, no quería formular unos votos que no iba a poder cumplir. En aquellos mismos días, a causa de un rayo, desapareció de la inscripción de su estatua la primera letra de su nombre. Se vaticinó que, a partir de ese momento, viviría únicamente cien días, número que denota la letra C, y que sucedería así para que pudiera ser incluido en el número de los dioses, puesto que aesar, es decir, la parte restante del nombre de César, significa «dios» en lengua etrusca. Por consiguiente, como tenía intención de enviar a Tiberio al Ilírico, viajando él en su compañía hasta Benevento[114], pero eran tantos los que obstaculizaban sus planes presentando en su tribunal de justicia más y más procesos judiciales que le retenían en Roma, exclamó —lo que posteriormente se enumeró también entre los presagios de su muerte— «que no permanecería más tiempo en Roma, aunque todas las fuerzas del mundo pretendieran demorar su partida». Y, en efecto, iniciando su viaje, llegó a Astura[115]. Allí, habiéndose embarcado de noche, en contra de lo habitual, para aprovechar el viento, contrajo su enfermedad que comenzó con una diarrea.