Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XCVIII. Entonces, después de bordear las costas y las cercanas islas de Campania, pasó cuatro días en su retiro de Capri, muy bien dispuesto y animado para cualquier diversión y amable compañía. Cuando casualmente costeaba el golfo de Putéolos, los marinos y remeros de una nave de Alejandría que acababa de arribar a aquel puerto, vestidos de blanco, adornados con coronas de flores y ofreciéndole incienso, le colmaron de faustos augurios y de los más cumplidos elogios: «que vivían gracias a él, que podían navegar gracias a él y que gozaban de libertad y de sus fortunas gracias a él». Tan feliz se sintió con esas afectuosas demostraciones que repartió cuarenta áureos[116] entre sus acompañantes, exigiendo a cambio a cada uno de ellos el juramento y la promesa de que no se gastarían el dinero recibido si no era para comprar productos de Alejandría. También durante los días que siguieron, aparte de otros pequeños regalos, les obsequió con togas y mantos griegos, con la condición de que los romanos utilizasen el vestido y lengua griegos y, los griegos, el de los romanos. Se dedicó también a observar a efebos griegos mientras practicaban sus ejercicios atléticos, de los cuales todavía quedaban bastantes en Capri, debido a una antigua institución allí ubicada. Les ofreció además un banquete, al que también él asistió, después de darles libertad —o mejor aún, de exigírsela— para contar chistes y guardarse los regalos que les arrojaba, consistentes en frutas, viandas y diversos objetos. No renunció a ninguna clase de alegre diversión. A la vecina isla de Capri la denominaba «Apragópolis»[117] por la indolencia en que vivían aquellos amigos suyos que se habían retirado a esa isla. De entre sus más íntimos, había uno, llamado Masgaba, a quien solía llamar «Ctiste»[118], como si hubiera sido el fundador de la isla. Al observar desde el comedor que el sepulcro de ese tal Masgaba, fallecido el año anterior, era visitado por una gran concurrencia de gente, muchos de ellos portando antorchas, recitó con voz clara un verso compuesto por él sobre la marcha: