Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXIV. Aunque no vaciló lo más mínimo en tomar posesión y ejercer el Principado, haciéndose cargo también de la guardia pretoriana de Roma, esto es, de la fuerza y de la imagen del poder, no obstante, durante mucho tiempo, en una farsa vergonzosa, aparentó rechazarlo, unas veces increpando a gritos a los amigos que le empujaban a aceptarlo, replicándoles que ignoraban cuán enorme monstruo era el Imperio, y, otras, dejando expectante con ambiguas respuestas y taimados titubeos al Senado, que se lo suplicaba puesto de rodillas ante él, hasta el punto que algunos senadores perdieron la paciencia y uno de ellos, en medio del tumulto, gritó: «¡Que lo tome o que lo deje!». Y otro se lamentaba públicamente de que otros hacían con retraso lo que habían prometido, mientras que Tiberio se retrasaba en prometer lo que ya estaba haciendo. Finalmente, como si lo hiciera forzado y quejándose de que se sometía a una desdichada y onerosa servidumbre, aceptó oficialmente el poder imperial, pero a condición de mantener la esperanza de que algún día podría abandonar esa carga. He aquí sus propias palabras: «Hasta que llegue el día en que os parezca justo conceder un poco de reposo a mi vejez».





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