Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXVI. Libre ya de sus temores, durante los inicios de su Principado procedió con suma sencillez, poco menos que si fuera un mero ciudadano privado. De las numerosas y máximas distinciones honoríficas, tan sólo aceptó unas pocas de ellas, y muy modestas. Al coincidir su aniversario con unos juegos plebeyos[44], consintió a duras penas que en su honor se añadiese en las carreras una biga[45] más. Prohibió que se le dedicasen templos, sacerdotes y flámines e, igualmente, que se le erigieran estatuas y efigies, a no ser con su autorización, y tan sólo lo permitió a condición de que no se colocasen entre las estatuas de los dioses, sino como un elemento decorativo más de los templos. Prohibió también que se jurase acatar todas sus disposiciones[46] y que se diese el nombre de «Tiberius» al mes de septiembre y «Livius»[47] al de octubre. Rechazó también los títulos de imperator y de padre de la patria y ni siquiera utilizó el nombre de Augusto, a pesar de ser hereditario, a no ser en algunas cartas dirigidas a reyes y soberanos. No ejerció más que tres consulados: el primero, durante unos pocos días; el segundo, durante tres meses, y, en el tercero, estuvo ausente hasta los idus de mayo.