Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXXII. Reprendió severamente a unos ex cónsules, que mandaban algunos de los ejércitos, por no informar al Senado acerca de sus campañas y porque le consultaban a él sobre el hecho de distribuir recompensas a algunos soldados, como si no tuvieran ellos la potestad de otorgar todas aquellas recompensas que quisieran. Elogió a un pretor porque, al asumir el cargo, restableció la antigua tradición de hacer mención de sus antepasados ante el pueblo. Tenía por costumbre asistir a las exequias de algunos personajes ilustres, acompañándolos, incluso, hasta la pira crematoria. Mostró también la misma mesura con los ciudadanos y asuntos de menor importancia. En cierta ocasión en que llamó a Roma a los magistrados de Rodas porque le habían entregado un escrito oficial sin la fórmula ritual de despedida, no les dirigió ni una palabra de censura y les permitió regresar de nuevo a su tierra, después de ordenarles únicamente corregir su olvido. El gramático Diógenes, que solía disertar los sábados en Rodas, una vez que Tiberio se dirigió allí para oírle, como no era sábado no quiso recibirle y, por medio de un criado, le dio cita para siete días después; más adelante, cuando era Diógenes quien esperaba en Roma a las puertas de la casa de Tiberio para saludarle, éste se limitó a avisarle que volviera siete años más tarde. A los gobernadores que le aconsejaban que tenía que exigir más impuestos a las provincias, les escribió como respuesta que «era propio de un buen pastor esquilar a las ovejas, no desollarlas».


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