Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LVII. Ni siquiera de niño dejó de manifestarse su índole cruel e insensible. Teodoro de Gadara, su maestro de retórica, parece haber sido el primero en percibir con gran agudeza y en reflejar con mucha propiedad esa forma de ser, pues a menudo, cuando le reprendía, le llamaba «barro modelado con sangre»[73]. Pero, sin duda, se manifestó mucho más claramente siendo ya emperador; incluso en sus inicios, cuando todavía intentaba ganarse el favor de la gente fingiendo moderación. Al pasar un cortejo fúnebre, un chistoso había encargado al muerto con voz clara y fuerte que comunicara a Augusto que todavía no se habían entregado al pueblo las cantidades legadas por él. Tiberio ordenó que fuese llevado a su presencia, que se le pagase la deuda y que después se le ejecutase, para que pudiera contar la verdad a su padre. No mucho después, a un tal Pompeyo, del orden ecuestre, que en el Senado le llevaba siempre la contraria, mientras lo amenazaba con la cárcel, aseguró que de este Pompeyo haría un verdadero pompeyano, burlándose a la vez con cruel ironía del nombre del senador y de la suerte que corrió en otro tiempo aquel partido.






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