Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LVIII. Por aquellos mismos días a un pretor que le consultaba si deseaba que se reprimiesen los delitos que menoscababan la dignidad imperial, le respondió que se tenían que aplicar las leyes y las aplicó, en verdad, de la forma más atroz. Un individuo había quitado la cabeza de una estatua de Augusto para poner la de otro personaje; se trató el asunto en el Senado y, como había dudas sobre la autoría, se buscó la verdad mediante la tortura. Después de condenar al acusado, esa clase de absurdas delaciones llegó paulatinamente a tales extremos que eran motivo de pena de muerte los siguientes delitos: haber dado muerte a un esclavo junto a la estatua de Augusto o cambiarse de ropa cerca de ella; entrar en una letrina o en un prostíbulo con la imagen de Augusto impresa en el anillo o en una moneda; haber emitido cualquier opinión que faltase al respeto a alguna de las palabras o de los hechos de Augusto. Al final, se llegó a ejecutar a un magistrado que había aceptado en su colonia ser investido de su cargo el mismo día en que, en otro tiempo, se había concedido ese cargo a Augusto.
LIX. Bajo pretexto, además, de una mayor austeridad y de corregir las costumbres, pero, en realidad, obedeciendo más bien a su propia índole, actuó a menudo con tal crueldad y ensañamiento, que algunos ciudadanos censuraron en unos versos los males presentes y pronosticaron también los futuros: