Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LXV. En cuanto a Sejano, que preparaba un golpe de Estado, aunque veía que ya se celebraba oficialmente su cumpleaños y que por todas partes se veneraban sus estatuas, batidas en oro, no le fue fácil eliminarlo, pero finalmente lo consiguió, valiéndose más de la astucia y del engaño que de su poder imperial. En efecto, primero, para alejarlo de su lado bajo la apariencia de concederle un honor, lo nombró su colega en el quinto consulado[80], cargo que por esa misma razón había decidido desempeñar, tras largos años de no ir a Roma. Luego, mientras lo mantenía engañado con la esperanza de emparentar con él y de la potestad tribunicia, lo acusó por sorpresa mediante una deshonesta y deplorable misiva, rogando entre otras cosas a los padres conscriptos que le enviaran a uno de los cónsules[81] para que, siendo él ya viejo y estando solo, le acompañaran con una pequeña escolta militar a presencia del Senado. Pero desconfiando aun así y temiendo un levantamiento, había dado órdenes de que, si la situación lo requería, se liberase a su nieto Druso, que en aquel entonces se encontraba todavía encarcelado en Roma, y se le nombrara emperador. Tenía también aparejadas unas naves con las que planeaba huir junto a cualquiera de sus legiones, mientras desde un altísimo peñasco se mantenía permanentemente al acecho de las señales que, para evitar la demora de mensajeros, había ordenado que le fueran enviadas desde lejos en cuanto se produjese cualquier acontecimiento. Pero, incluso después de sofocada la conjuración de Sejano, no sintiéndose demasiado tranquilo ni seguro, durante nueve meses no salió de su villa, llamada «la quinta de Júpiter».


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