Vida de los doce Cesares

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LXVII. Finalmente, asqueado ya de sí mismo, al inicio de una carta confesó, no todos ellos, pero sí una parte de sus sufrimientos: «¿Qué puedo escribiros, Padres conscriptos, o de qué manera os lo he de exponer o qué es lo que no debo deciros en estos días? ¡Que los dioses y las diosas se me lleven con una muerte peor aún que aquella con la que cada día me siento morir, si lo sé!». Creen algunos que vaticinó estos hechos gracias a su conocimiento del futuro y que había previsto con mucha antelación cuánta amargura y cuánto deshonor le aguardaban y cuándo; y que por ello, cuando asumió el trono, rechazó enérgicamente el título de «padre de la patria» y que jurasen acatar sus decisiones, a fin de evitar que más adelante se le encontrase indigno de tantos honores, con mayor deshonor todavía para él. Lo cual puede ciertamente colegirse del discurso que pronunció a raíz de ambas propuestas, en especial cuando afirma que «él sería siempre la misma persona y que nunca cambiaría su forma de ser, mientras su mente se mantuviese lúcida; pero que se había de evitar por principio que el Senado se obligase a acatar las decisiones de un hombre, fuese quien fuese, porque por determinadas circunstancias pudiera ser que esa persona cambiase». Y afirma más adelante: «Si en alguna ocasión llegáis a tener dudas sobre mi forma de comportarme y de que mi corazón está consagrado por entero a vosotros —deseo sinceramente, antes de que eso ocurra, que la muerte me libre de vuestro cambio de opinión sobre mí—, el título de “padre de la patria” no me supondrá ningún honor y para vosotros, en cambio, será constante motivo de reproche la imprudencia del título a mí otorgado o la volubilidad de vuestras opuestas opiniones sobre mi persona».


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