Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXVIII. Fue hombre corpulento y robusto y más alto de lo normal. Ancho de hombros y de tórax, era también armoniosamente proporcionado en todos sus restantes miembros hasta la planta de los pies. Su mano izquierda era más ágil y fuerte; sus dedos tan recios que con uno solo de ellos atravesaba de parte a parte una manzana fresca y podÃa herir la cabeza de un niño, e incluso de un adolescente, de un capirotazo. Su piel era blanca; su cabello bajaba bastante por la parte de atrás, de forma que le cubrÃa también la nuca, lo que parecÃa ser un rasgo de familia. Su rostro era hermoso, aunque con numerosas y repentinas verrugas. Sus ojos eran muy grandes y —cosa sorprendente— podÃan ver de noche y en la oscuridad, pero durante poco tiempo y al abrirlos después de dormir; luego, se embotaban otra vez. Caminaba con la cabeza erguida e inclinada hacia atrás, con el rostro fruncido y casi siempre taciturno. No conversaba nunca o muy raras veces, incluso con sus más Ãntimos, y, cuando lo hacÃa, con gran parsimonia y con una suave gesticulación de los dedos. Todas estas caracterÃsticas desagradables y llenas de arrogancia, ya las habÃa advertido Augusto e intentó con frecuencia disculparlas ante el Senado, afirmando que eran tan sólo defectos fÃsicos, no anÃmicos. Disfrutó de una salud excelente, prácticamente sin una sola enfermedad durante todos los años que fue emperador, aunque desde los treinta años de edad cuidó de ella según su propio criterio, sin ayuda ni consejo alguno de los médicos.