Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXV. Experimentó el pueblo una tan viva alegrÃa con su muerte que, nada más anunciarse ésta, algunos, corriendo por las calles, gritaban: «¡Tiberio al TÃber!»; otros rogaban a la Tierra y a los dioses Manes que no concedieran al muerto lugar alguno, a no ser entre los impÃos; otros amenazaban al cadáver con los garfios y las Gemonias, exacerbados por el recuerdo de su antigua crueldad y de sus recientes atrocidades. En efecto, estando previsto en los decretos del Senado que la ejecución de los condenados se realizase siempre a los diez dÃas de pronunciarse la sentencia, acaeció por casualidad que el dÃa que se anunció la muerte de Tiberio fuera también el dÃa del suplicio de algunos condenados. Aunque éstos imploraban la ayuda de las personas presentes, como Cayo estaba todavÃa ausente y no habÃa allà nadie a quien dirigirse y consultarle, los guardias, para no hacer nada contrario a lo establecido, los estrangularon y los arrojaron a las Gemonias. En consecuencia, aumentó todavÃa más el odio, al parecer que, incluso después de la muerte del tirano, permanecÃa todavÃa su crueldad y ensañamiento. Cuando comenzaron a trasladar el cuerpo desde Miseno, el griterÃo de una vociferante multitud clamaba que mejor serÃa llevarlo a Atela y quemarlo sin más en el anfiteatro; sin embargo, fue transportado a Roma por los soldados e incinerado con exequias oficiales.