Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIV. Así que hubo entrado en la ciudad, por unánime acuerdo del Senado y de la muchedumbre que había irrumpido en la Curia, contrariando las últimas voluntades de Tiberio, quien en su testamento había designado como coheredero a su otro nieto[25], que todavía vestía la toga pretexta, se le concedió el poder y el control total y absoluto de todo el estado con tan gran alegría de toda la población que, durante los tres meses siguientes, y no completos, se inmolaron en su honor más de ciento sesenta mil víctimas. Cuando pocos días después navegó a las vecinas islas de Campania, se elevaron votos por su feliz regreso, sin que persona alguna dejase pasar la más mínima oportunidad de testimoniar su solicitud y preocupación por su integridad física. Y, cuando cayó gravemente enfermo, fueron todos los ciudadanos los que pasaron las noches en vela junto al Palatino, y no faltaron quienes hicieron votos a los dioses de que lucharían como gladiadores, si se restablecía el enfermo, o quienes ofrecieron su propia vida a cambio, haciendo constar en un cartel su ofrecimiento. Al inmenso cariño de sus ciudadanos se sumaron también grandes muestras de simpatía de muchos extranjeros. Por ejemplo, el propio Artabán, rey de los partos, que siempre había manifestado su odio y desprecio hacia Tiberio, buscó por propia iniciativa la amistad de Calígula, se entrevistó con el legado consular[26] y, atravesando el Eufrates, rindió homenaje a las águilas y enseñas romanas y a las imágenes de los césares.