Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XV. Él mismo se encargaba de avivar con toda clase de actuaciones demagógicas la estima que todos le tenían. Nada más acabar de pronunciar ante todo el pueblo, con gran profusión de lágrimas, el elogio fúnebre de Tiberio y de ofrecerle unos espléndidos funerales, se dirigió a las islas de Pandataria y Poncia a fin de trasladar los restos de su madre y de su hermano, y lo hizo en medio de una violenta tempestad, con objeto de que su amor filial resaltase más todavía. Una vez allí, se acercó a ellos con gran respeto y los introdujo en unas urnas con sus propias manos. Con no menor parafernalia los transportó a Ostia en una birreme con su pabellón izado en la popa, y desde allí, remontando el Tíber, a Roma. Una vez en la Urbe, llevados a hombros en dos féretros por los miembros más ilustres del orden ecuestre, en pleno día y en el momento de más animación, los depositó en el mausoleo e instituyó, entre las anuales celebraciones religiosas, unas exequias públicas en recuerdo de ellos. Decretó además, en honor de su madre, unos juegos circenses anuales y una carroza para que, en la procesión, su efigie fuera transportada entre las de los dioses. Igualmente, en recuerdo de su padre, hizo denominar «Germánico» al mes de septiembre. A continuación, mediante un único decreto del Senado, confirió a su abuela Antonia todos los honores que había ido acumulando Livia Augusta.


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