Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares Y poco le faltó para colocarse de inmediato la diadema y convertir la ficción del Principado en un reino formal. Pero, habiéndole hecho ver todos que él estaba por encima de los más altos reyes y príncipes, comenzó, por ello, a atribuirse a sí mismo dignidades divinas. Así pues, encargó que se trajesen de Grecia las estatuas de dioses más famosas por su veneración o su belleza, entre ellas la de Júpiter Olímpico, y que, quitándoles la cabeza, pusiesen en su lugar la suya propia. Prolongó hasta el foro una parte de su palacio y, convertido el templo de Cástor y Pólux en vestíbulo de su mansión, se exhibía con frecuencia puesto en pie entre los dos hermanos dioses, teniendo que rendirle adoración los transeúntes. Algunos le saludaban como «Júpiter Laciar»[40]. Consagró un templo a su propia divinidad, y también un colegio sacerdotal y las más selectas de las víctimas. Se erguía en este templo una estatua de él en oro, a la que cada día se vestía con una réplica del atuendo que él llevaba. Los más ricos personajes se disputaban la presidencia del colegio sacerdotal, con intrigas y pujando al máximo por ella. Las víctimas, que en general se inmolaban diariamente en su honor, consistían en: flamencos, pavos reales, urogallos, gallinas númidas, pintadas y faisanes. Durante las noches de plenilunio, invitaba a la Luna, llena y refulgente, a abrazarse y a hacer el amor con él. De día, en cambio, conversaba en secreto con la estatua de Júpiter Capitolino, a veces entre susurros y hablándose mutuamente a la oreja, a veces en voz alta e incluso discutiendo con ella. Se había escuchado, en efecto, su voz cuando le amenazaba: