Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXIX. Con la crueldad de sus palabras acrecentaba todavía más la barbarie de sus sádicos crímenes. Afirmaba que nada, en su propia forma de ser, le complacía y agradaba tanto como (utilizando su misma expresión) su desvergüenza, esto es, su falta de pudor. A su abuela Antonia, que le reconvenía, como si no le bastara con no obedecerla, le replicó: «Acuérdate que para mí es lícito todo y contra todos». Cuando estaba a punto de hacer degollar a su hermano, de quien sospechaba que por miedo a morir envenenado se precavía tomando pócimas, exclamó: «¿Un antídoto contra César?». A sus hermanas, después de desterrarlas, las amenazaba diciéndoles que él «no sólo disponía de islas, sino también de espadas». Habiendo dado orden de eliminar a un ex pretor, que desde su retiro de Anticira —que había solicitado a causa de su salud— solicitaba una y otra vez que se le prorrogara su permiso, añadió el comentario que «le era necesaria una sangría a un hombre a quien, después de tanto tiempo, no le había curado el eléboro[54]». Cuando cada diez días firmaba la lista de los que debían ser sacados de la cárcel y ejecutados, comentaba que así «aligeraba sus gastos». En cierta ocasión que unos cuantos galos y griegos fueron condenados por él al mismo tiempo, se jactó de haber sometido a la Galogrecia[55].



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