Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXIV. Con no menor malevolencia y malignidad que soberbia y cruel sadismo, atentó contra toda clase de personajes de todas las épocas. Las estatuas de hombres ilustres que Augusto, por la estrechez del espacio, había hecho trasladar de la zona del Capitolio al Campo de Marte, las demolió e hizo pedazos de tal forma que no pudieron ser reconstruidas, a pesar de haberse conservado sus nombres, y prohibió que en adelante se erigiese ninguna estatua o busto de nadie que todavía viviera, a no ser después de consultárselo y ser autorizado por él. Pensó también en destruir los poemas de Homero, arguyendo que «por qué no le iba a estar permitido a él lo que le fue lícito a Platón, que lo desterró de la República que él imaginó». Y poco faltó para que hiciese retirar de todas las bibliotecas las obras y los bustos de Tito Livio y Virgilio, pues denigraba al primero por su total falta de talento e ínfima erudición, y al segundo, por su farragosa palabrería y negligencia con la historia. También sobre los jurisconsultos, como si tuviera intención de eliminar la utilidad de recurrir a sus conocimientos, afirmaba a menudo con jactancia: «¡Por Hércules, que voy a hacer que ninguno de ellos pueda dar solución a cuestión alguna de derecho, excepto yo mismo!».