Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LVI. Al estar entregado Calígula a semejantes desvaríos e insanias, hubo muchos que concibieron el designio de eliminarlo. Pero descubiertas una o dos conspiraciones, mientras otros vacilaban por la falta de oportunidades, dos ciudadanos se pusieron de acuerdo y lo llevaron a término, no sin la complicidad de los más poderosos libertos y de los prefectos de la guardia pretoriana, puesto que también ellos, aunque no era cierto, habían sido denunciados como si hubieran participado en otra conspiración y se daban cuenta de que, a pesar de todo, se hallaban bajo sospecha y resultaban odiosos al emperador. En efecto, llamándolos aparte acto seguido, se ganó un profundo odio al asegurar con la espada desenvainada que se daría muerte voluntariamente, si a ellos les parecía que merecía morir, y desde ese momento, además, no cesó de calumniar a los unos ante los otros y enemistarlos a todos entre sí. Después de acordar que lo atacarían durante los juegos palatinos[79] cuando al mediodía saliese del espectáculo, Casio Querea, tribuno de una cohorte pretoriana, reclamó para sí mismo el papel protagonista, puesto que Cayo solía denostarlo siempre con toda clase de insultos, tildándolo de demasiado viejo, de blando y de afeminado; además, cuando Casio le solicitaba el santo y seña, contestaba «Príapo» o «Venus», y, cuando le daba las gracias, por el motivo que fuera, solía ofrecerle su mano para que la besara, pero dándole una forma y movimiento obscenos.


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