Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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LVIII. El día 9 de las calendas de febrero[82], hacia la hora séptima, aunque dudaba si debía levantarse para almorzar, pues, empachado de la comida de la víspera, todavía le dolía el estómago, persuadido al final por sus amigos, salió de su habitación. Como en una galería subterránea, por la que había de pasar, unos muchachos hechos venir de Asia estaban preparando unas obras para representarlas en el teatro, se detuvo para observarlos y animarlos y, si el jefe del grupo no hubiera comentado que se encontraba indispuesto, hubiera vuelto atrás y ordenado que se representase la obra. A partir de ese momento, existe una doble versión: unos afirman que, mientras conversaba con los muchachos, Querea, desde detrás, le hirió mortalmente en el cuello con el filo de la espada, gritando: «¡Hazlo!»[83], y que luego el tribuno Cornelio Sabino, el otro conjurado, desde delante, le atravesó el pecho. Otros narran que Sabino, después de haber hecho retirarse a la multitud por medio de unos centuriones, cómplices del atentado, le había pedido el santo y seña, según la costumbre castrense, y que, al decirle Cayo que el santo y seña era «Júpiter», Querea gritó: «¡Toma la ratificación!» y que, al mirar Calígula hacia él, le seccionó de un tajo la mandíbula. Tras caer al suelo hecho un ovillo y mientras gritaba que todavía estaba vivo, los restantes conjurados le atravesaron otras treinta veces, pues la común consigna era: «¡Hiérelo otra vez!». Algunos de ellos incluso le clavaron la espada en los órganos genitales. Al principio del tumulto corrieron en su auxilio los portadores de la litera, armados con palos; luego lo hizo su escolta germana y dio muerte a algunos de los magnicidas y también a algunos senadores inocentes.


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