Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXV. Reguló la carrera militar del orden ecuestre de tal forma que, después del mando de una cohorte, concedía el mando de un ala de caballería y, tras éste, el tribunado de la legión. Estableció los años de servicio y también un tipo de milicia ficticia, llamada «supernumeraria», que cumplían sin necesidad de estar presentes y solamente de nombre. Prohibió también por un decreto del Senado que los soldados entraran en los domicilios de los senadores para saludarlos. Confiscó los bienes a los libertos que se comportaban como si fueran caballeros romanos y, a los desagradecidos y a aquellos de quienes se quejaban sus patrones, los redujo de nuevo a la esclavitud y advirtió a sus abogados que no tenía intención de administrar justicia en contra de sus propios libertos. Como algunos ciudadanos abandonaban a sus esclavos enfermos o agotados en la isla de Esculapio[39] por el fastidio de tener que curarlos, decretó que todos los que fuesen abandonados quedaban libres y que, si se recuperaban, no volverían a estar sometidos a su señor; y que si alguno optaba por matarlos en lugar de abandonarlos, sería acusado de un delito de asesinato. Por medio de un edicto advirtió a los viajeros que no atravesaran las ciudades de Italia, si no era a pie, en silla o en litera. Situó sendas cohortes en Putéolos y Ostia para combatir los incendios. Prohibió a los extranjeros utilizar nombres romanos, al menos los gentilicios. A los usurpadores de la ciudadanía romana los hacía decapitar con un hacha en un lugar del Esquilino. Devolvió al Senado la administración de las provincias de Acaya y Macedonia que Tiberio había tomado a su propio cargo. Privó de su autonomía a los licios a causa de sus sangrientas discordias y se la devolvió a Rodas, que mostraba estar arrepentida de sus antiguas culpas. Eximió a perpetuidad a los troyanos de todos los tributos, por considerarlos fundadores de la estirpe romana, después de recitar una antigua carta en griego del Senado y el pueblo romano al rey Seleuco, prometiéndole nuestra amistad y alianza, a condición de que mantuviese a los troyanos, consanguíneos suyos, exentos de toda carga. Expulsó de Roma a los judíos que, incitados por Crestos[40], provocaban continuos alborotos. Permitió a los embajadores de los germanos sentarse en la orquesta, sorprendido por su sencillez y arrogancia, ya que, cuando fueron conducidos a las localidades del pueblo, al ver a los partos y a los armenios sentados en la zona del Senado, se dirigieron espontáneamente hacia aquellos asientos, manifestando que su valor y condición no eran inferiores en nada a los de aquéllos. Abolió totalmente en la Galia las prácticas religiosas de los druidas, de una crueldad atroz, prohibidas bajo Augusto tan sólo a los ciudadanos romanos. Intentó, en cambio, traer desde el Ática a Roma los misterios de Eleusis y promovió que se restaurase a expensas del Estado el templo de Venus Ericina, en Sicilia, arruinado por el paso del tiempo. Los tratados con los reyes los concertó en el foro, después de sacrificar una cerda y de utilizar la fórmula tradicional de los feciales[41]. Pero en estas y en las restantes disposiciones y, en general, durante casi todo su Principado, actuó rigiéndose no tanto por su propio criterio cuanto por el de sus esposas y libertos y comportándose, casi siempre y en todas partes, tal como les convenía o placía a ellos.