Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXXVIII. Consciente de que era hombre irascible y colérico, se excusó en un edicto de ambos defectos y los matizó, prometiendo que su ira sería pasajera e inocua y que su cólera nunca sería injusta. A los habitantes de Ostia, por no haber enviado barcas a su encuentro una vez que remontaba el Tíber, después de reprenderlos con tal severidad e indignación que les escribió que se sentía degradado[50] por ellos, luego, de repente, los perdonó y poco faltó para que se excusase ante ellos. A algunos que le abordaron en público en un momento inoportuno, los rechazó con sus propias manos. De igual modo desterró al secretario de un cuestor y a un senador que había ejercido la pretura, sin culpa alguna y sin tan sólo escucharlos, al primero, porque se le había dirigido con poco comedimiento cuando todavía era un simple ciudadano y, al segundo, porque, mientras era edil, había multado a los arrendatarios de sus fincas, que vendían alimentos cocinados, a pesar de que estaba prohibido, haciendo flagelar a su administrador cuando pretendió hacer de mediador. Precisamente por este motivo quitó a los ediles el poder coercitivo sobre los figones. Tampoco guardó silencio sobre su propia estupidez, sino que afirmó en algunas intervenciones que, siendo Cayo emperador, había fingido deliberadamente ser un necio, porque de otro modo no hubiera podido salvarse ni llegar a la posición que había alcanzado. No convenció, sin embargo, a la opinión pública, ya que poco tiempo después se publicó un libro cuyo título era La insurrección de los idiotas y cuyo contenido demostraba que nadie se puede fingir idiota.