Vida de los doce Cesares

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XL. Por lo general, dio pruebas de tanta ineptitud en sus conversaciones y en su conducta, que la gente opinaba que no sabía ni sopesaba quién era él mismo, ni con quiénes, en qué momento o en qué lugar estaba hablando. Un día en que en el Senado se estaba discutiendo acerca de unos temas referentes a los carniceros y comerciantes de vinos, exclamó: «Por favor, ¿quién podría vivir sin un pedazo de pan?», y comenzó a describir la abundancia de las viejas tabernas, donde antes se acostumbraba, y así lo hacía él mismo, ir a buscar vino. Con respecto a cierto candidato a pretor, incluyó entre los motivos de su voto a favor, el que «el padre de ese candidato, en el momento oportuno le hubiese dado agua fresca cuando él estaba enfermo». En otra ocasión en que presentaron ante su tribunal una cierta mujer como testigo, comentó: «Esta mujer fue liberta y doncella de mi madre, pero siempre me consideró a mí su patrón; y digo esto, porque todavía hay muchos en mi casa que no me consideran su amo». Más aún: una vez que los habitantes de Ostia solicitaron cierto favor ante su tribunal, poniéndose blanco de ira se puso a vociferar que «no tenía ningún motivo por el que tuviera que ganarse a esa gente y que si había algún hombre libre, ése era él». Las frases habituales que repetía realmente a todas horas y en todo momento eran: «¿Qué? ¿Te crees acaso que soy Telegenio?», y «Larga lo que hayas de decir y no me jodas», y otras muchas expresiones groseras incluso para un ciudadano privado, pero mucho más para un emperador que, no sólo no carecía de elocuencia y de cultura, sino que se había dedicado con gran constancia a los estudios liberales.


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