Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XXVI. Su insolencia, sensualidad, lujuria, avaricia y crueldad las manifestó al principio de forma imperceptible y oculta, como si se tratara de defectos propios de su juventud, pero de forma que, incluso entonces, nadie tenía la menor duda de que aquellos vicios se debían a su perversa índole y no a su edad. Apenas se hacía de noche, poniéndose un gorro de liberto o una peluca, frecuentaba las tabernas y deambulaba por las calles para divertirse, pero no de forma inofensiva, ya que golpeaba a los que regresaban de cenar y, si oponían resistencia, solía herirlos y echarlos a las cloacas, y se dedicaba, además, a forzar las puertas de las tabernas y a saquearlas. Montó incluso en palacio un mercado donde obtenía ingresos, vendiendo por separado en pública subasta los diferentes objetos del botín obtenido. Con frecuencia en tales riñas corrió peligro de perder los ojos y la vida, llegando casi a matarlo, en una ocasión, un senador a cuya mujer había manoseado. Por esa razón y desde entonces, nunca más volvió a salir a la calle a esas horas sin ir acompañado de algunos tribunos que le seguían de lejos y sin dejarse ver. Durante el día, después de hacerse transportar ocultamente en su silla gestatoria al teatro, desde la parte superior del proscenio presenciaba, como espectador e inductor al mismo tiempo, las peleas entre los seguidores de los actores de mimos. Y en una ocasión en que la reyerta llegó a las manos peleándose con piedras y trozos de banco, el propio Nerón arrojó contra el público toda clase de proyectiles e incluso le abrió la cabeza a un pretor.