Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XXVII. Gradualmente, a medida que iban creciendo sus vicios, prescindió de las chanzas y de la oscuridad y, sin preocuparse ya de disimularlos, se lanzó abiertamente a mayores excesos. Prolongaba los banquetes desde el mediodía a la media noche; con frecuencia se recreaba en invierno en piscinas de agua caliente y de agua muy fría en verano; organizaba a veces cenas en público, tras cerrar previamente el lago destinado a los combates navales, el Campo de Marte o el circo Máximo, acompañado y servido por todas las rameras y cortesanas de Roma. Siempre que descendía por el Tíber hasta Ostia o navegaba hasta el golfo de Bayas, se preparaban hosterías, dispuestas a lo largo de la costa y de las orillas, célebres por ser burdeles atendidos por damas romanas que imitaban a las taberneras y que, desde ambas orillas, le invitaban a desembarcar allí. También ofrecía banquetes, a cargo de sus amigos, a uno de los cuales una cena con mitras de seda para todos le costó cuatro millones de sestercios y, a otro, una con perfumes de rosas le salió todavía más cara.







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