Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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IV. El emperador Servio Galba nació durante el consulado de Marco Valerio Mesala y Cneo Léntulo, el día 9 de las calendas de enero[9], en una casa de campo situada sobre una colina cerca de Tarracina[10], que quedaba a la izquierda de los que se dirigían a Fundos[11]. Después de ser adoptado por su madrastra Livia, tomó el sobrenombre de Ocela, cambiándose también el nombre propio, pues desde entonces hasta que asumió el poder imperial utilizó el de Lucio en lugar del de Servio. Se sabe que en una ocasión en que, siendo todavía un niño, rodeado de chicos de su edad saludó a Augusto, éste, tirándole de la mejilla, le dijo: «También tú, hijo mío, gozarás un día de nuestro poder». Del mismo modo, Tiberio, habiendo oído predecir que llegaría a ser emperador, pero ya en su vejez, declaró: «Que viva, en buena hora, puesto que ello en nada me afecta a mí». Asimismo, a su abuelo, cuando un águila le arrebató de las manos las entrañas de la víctima, mientras ofrecía un sacrificio para conjurar el rayo, y las depositó en una encina cargada de frutos, se le aseguró que aquel prodigio auguraba a su familia, aunque tarde, el poder supremo; a lo que él, riendo, replicó: «Seguro; cuando una mula haya parido». Más tarde, cuando Galba se disponía a intentar su golpe de estado, nada reconfortó tanto su ánimo como el parto de una mula, un prodigio que, mientras todos los demás lo rechazaron con horror como algo funesto, solamente él lo recibió con alborozo, acordándose del sacrificio y de las palabras de su abuelo. El día que vistió la toga viril soñó que la fortuna le decía que se encontraba cansada de estar ante las puertas de su casa y que, si no la acogía rápidamente, sería el botín de cualquiera que pasase por allí. Cuando se despertó, encontró junto al umbral de la puerta, al abrir el atrio, una estatua en bronce de la diosa, de más de un codo[12] de altura. La transportó en brazos a Túsculo[13], donde solía pasar el verano, e, instalada en un recinto de su casa, le rindió culto a partir de entonces con mensuales rogativas y con una noche de vela cada año. Por otro lado, aun sin haber llegado a la madurez, fue el único en mantener obstinadamente una vieja y obsoleta costumbre romana, que tan sólo se cumplía en su casa, consistente en que todos los libertos y esclavos se presentaban ante él dos veces al día: por la mañana, para saludarle y, al atardecer, para desearle las buenas noches; y esto uno por uno.


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