Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XVIII. Ya desde el principio de su reinado, grandes y frecuentes prodigios le habían presagiado su muerte, tal como en efecto ocurrió. Cuando, a lo largo de su viaje hacia Roma, se sacrificaban en todas las ciudades numerosas víctimas a diestro y siniestro, un toro herido por el hacha rompió enloquecido sus ataduras, embistió su carruaje y, alzando sus patas, le dejó empapado en sangre; y uno de sus guardias, empujado por la muchedumbre, estuvo a punto de herirlo con su lanza cuando descendía de su vehículo. Asimismo, cuando entró en la ciudad y luego en palacio, le acogió un terremoto y un estruendo que se asemejaba a un mugido. Siguieron también otros prodigios más evidentes todavía. De entre todas sus riquezas, Galba había separado un collar, ensartado con perlas y piedras preciosas, para adornar con él la estatua de la Fortuna, en su casa de Túsculo; pero, repentinamente, pensando que esa alhaja se merecía un lugar más sagrado, la dedicó a la Venus Capitolina. Esa misma noche vio en sueños la imagen de la Fortuna que se lamentaba de haberla privado del regalo destinado a ella y le amenazaba con que también ella tenía intención de arrebatarle todo lo que le había dado. Cuando, aterrado, nada más amanecer corrió a Túsculo, después de enviar por delante a unos emisarios para que preparan un sacrificio expiatorio con el fin de conjurar el ensueño, no encontró nada, a excepción de unas brasas todavía tibias sobre el altar y, junto a él, un anciano vestido de negro que sostenía el incienso en un vaso de vidrio y el vino en un cáliz de barro. También se observó que, mientras ofrecía un sacrificio durante las calendas de enero, se le cayó la corona de la cabeza y que, mientras tomaba los auspicios, los pollos se escaparon volando. El día en que adoptó a Pisón, cuando iba a arengar a los soldados, se olvidaron de colocar ante el tribunal la silla militar de costumbre y, en el Senado, pusieron al revés la silla curul.