Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XIX. Antes de ser asesinado, mientras aquella misma mañana ofrecía un sacrificio, un arúspice le advirtió con insistencia que se guardase del peligro, porque los asesinos no estaban lejos. Poco rato después se enteró de que Otón se había apoderado del campamento de los pretorianos y, aunque muchos de sus amigos le aconsejaron que se dirigiera hacia allí de inmediato (le decían que podía dominar todavía la situación con su prestigio y presencia), decidió tan sólo encerrarse en palacio y hacerse fuerte con los destacamentos de legionarios que, separados unos de otros, tenía estacionados en muchos lugares. Se puso, sin embargo, una coraza de lino, aunque no se le ocultaba que de poco le serviría contra tantos puñales. Finalmente, decidiéndose a salir de palacio debido a falsos rumores que los conjurados habían hecho correr adrede para hacerle salir a la calle, al afirmar unos cuantos, sin motivo alguno, que la sublevación estaba controlada, que los amotinados habían sido aplastados y que los demás se acercaban en masa para felicitarle y dispuestos a obedecerlo en todo, corrió tan confiado a su encuentro que, a un soldado que se jactaba de haber dado muerte a Otón, le interpeló: «¿Por orden de quién?». Y siguió adelante hasta el foro. Allí, la caballería, que había recibido la orden de matarlo, disolviendo la multitud de civiles cargando sobre ella con sus caballos, al ver a Galba a lo lejos se detuvieron unos momentos. Después, espoleando de nuevo sus caballos, abandonado por todos los suyos, lo acribillaron a cuchilladas.