Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares XX. Hay quienes narran que, al iniciar su ataque, les gritó: «¿Qué hacéis, camaradas? Yo soy vuestro y vosotros mÃos», y que les prometió también una gratificación. La mayorÃa, sin embargo, afirma que les ofreció espontáneamente la garganta y les incitó diciendo: «¡Vamos! Herid, puesto que lo queréis asû. Lo en verdad sorprendente fue que nadie de los presentes intentase ayudar al emperador y que todos los que habÃan sido llamados en su socorro ignoraran la llamada, a excepción de un escuadrón de germanos. Éstos, en virtud de un reciente motivo de agradecimiento, ya que Galba los habÃa cuidado con grandes atenciones cuando estaban enfermos y extenuados, corrieron en su auxilio, pero demasiado tarde, pues, por desconocer la ciudad, se demoraron al equivocarse de camino. Fue degollado junto al lago Curcio[35] y abandonado allÃ, tal como estaba, hasta que un soldado raso que regresaba de recoger su ración de trigo, arrojando su fardo le cortó la cabeza. Luego, como no la podÃa asir por los cabellos[36], introduciendo el pulgar por la boca, la escondió en su pecho y se la llevó a Otón. Éste se la dio a los cantineros y muleros del ejército, quienes la pasearon por el campamento, clavada en una lanza, gritando sin parar en son de burla: «¡Cupido Galba, goza de tu edad!». Les habÃa incitado a tan insolente chanza el que unos dÃas antes, a un individuo que elogiaba públicamente la apostura todavÃa lozana y vigorosa de Galba, le respondió éste: