Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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X. En esta batalla participó mi padre, Suetonio Leto, como tribuno angusticlavo[14] de la decimotercera legión. Pues bien, más tarde solía comentar a menudo que Otón, incluso cuando todavía era un simple ciudadano, detestaba hasta tal punto las confrontaciones civiles que, al recordar un comensal durante un banquete la muerte de Casio y de Bruto, se echó a temblar horrorizado; añadía que Otón no se habría levantado jamás contra Galba, si no hubiera confiado en que la situación podía resolverse sin llegar a la guerra. Explicaba también que era el ejemplo de un soldado raso el que le había llevado entonces al desprecio de su propia vida; dicho soldado, al anunciar la derrota del ejército y no darle nadie crédito acusándolo de mentiroso y cobarde, como si hubiese huido del campo de batalla, atravesándose con su propia espada cayó a los pies de Otón. Continuaba diciendo mi padre que Otón, al ver esa prueba de valor, había proclamado que, en adelante, no pensaba abocar a la muerte a semejantes soldados, a quienes tanto debía. En consecuencia, después de aconsejar a su hermano, al hijo de su hermano y a cada uno de sus amigos a ponerse a salvo como cada uno pudiera, los despidió a todos con un abrazo y un beso y, retirándose a un lugar apartado, escribió dos cartas de consuelo a su hermana y a Mesalina, la viuda de Nerón, con la que había pensado contraer matrimonio, encomendándoles sus restos mortales y su recuerdo. Luego, quemó todas las cartas que tenía, para no poner en peligro ni perjudicar a nadie ante el vencedor. Repartió también entre sus servidores el dinero de que disponía en aquellos momentos.


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