Vida de los doce Cesares

Vida de los doce Cesares

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XI. No sólo era Domiciano hombre de gran crueldad, sino que ésta era, además, solapada e imprevisible. La víspera de hacer crucificar a su tesorero, lo llamó a su propia habitación, le hizo sentar a su lado en la cama, lo despidió entre risas y plenamente tranquilo e incluso le hizo compartir parte de su cena. Al ex cónsul Arrecino Clemente[28], uno de sus íntimos amigos e informadores, cuando ya tenía decidido condenarlo a muerte, le hizo objeto de las mismas deferencias, o incluso mayores, hasta el punto de que, el día anterior, mientras se hacía acompañar por él en su propia litera, al ver al individuo que le había delatado, comentó a Arrecino: «¿Quieres que mañana escuchemos a ese maldito esclavo?». Y para abusar con mayor cinismo de la paciencia de la gente, nunca pronunció sus más crueles sentencias sin la previa afirmación de su clemencia, de manera que no había indicio más seguro de una muerte atroz que la benignidad del proemio. Hizo comparecer en la Curia algunos reos de lesa majestad y, después de anunciar que «ese día comprobaría hasta qué punto le amaba el Senado», consiguió fácilmente que fueran condenados a la pena capital, incluso conforme a la antigua usanza[29]. Luego, asustado por la atrocidad del castigo, para suavizar el odio que le granjearía la sentencia, intercedió él mismo con estas palabras (creo interesante citarlas textualmente): «Permitidme, padres conscriptos, implorar de vuestra piedad —y sé que es difícil que me lo otorguéis— que se les conceda a los condenados la libre elección del género de muerte. Ahorraréis a vuestros ojos un horrible espectáculo y todos comprenderán que yo he mediado ante el Senado».


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