Vida de los doce Cesares
Vida de los doce Cesares LXXI. Nunca, ni siquiera de joven, dejó de demostrar su afecto y lealtad para con sus clientes. Al noble joven Masinta lo defendió con tal energía en contra del rey Hiempsal, que durante el altercado llegó a estirar las barbas de Juba, hijo del rey. Y luego, cuando declararon a Masinta tributario del rey, lo arrancó al instante de las manos de los que se lo llevaban a rastras y lo ocultó en su casa día y noche. Más tarde, cuando partió a España como propretor, ocultándolo entre los obsequios de los que le despedían y las fasces de los lictores, se lo llevó en su propia litera.
LXXII. Trató siempre a sus amigos con tanta amabilidad y deferencia que, yendo en compañía de Cayo Opio por un boscoso camino, al ponerse éste súbitamente enfermo, le cedió el refugio —sólo había sitio para uno— y él se acostó en el suelo, a la intemperie. Más tarde, dueño ya del poder, promovió a importantes cargos a algunos de sus amigos, aunque eran de muy humilde origen y, al ser censurado por ello, proclamó abiertamente que, «si para proteger su honor hubiese recurrido a la ayuda de bandidos y asesinos, también a éstos les otorgaría el mismo trato de favor».