Amanecer en la cosecha (Los juegos del hambre 5)
Amanecer en la cosecha (Los juegos del hambre 5) Al regresar a casa, su madre le entrega ropa remendada, un cuchillo nuevo y calzoncillos hechos con bolsas de harina. Sid le regala un pedazo de pedernal envuelto con papel: lo encontró pensando en el encendedor de Lenore. Él lo prueba: chispea con fuerza. Lo cuelga al cuello. Lo oculta.
El cielo se cubre de nubes. El pueblo se llena de carteles con amenazas: “SIN CAPITOLIO, SIN PAZ”. En la plaza, los niños son marcados, los soldados vigilan, y Haymitch vende la botella de licor. A cambio, recibe un ramito de manzanilla, que se prende al ojal. Después compra unos caramelos de colores —los favoritos de Lenore—, prometiéndose dárselos después del evento.
La pantalla gigante enciende la bandera. Las bocinas suenan. Es hora del reaping. Y aunque su estómago se anuda, aunque sus probabilidades han crecido por las tesserae que tomó para alimentar a su familia, Haymitch aún cree, por un instante, que ese día podría terminar en el bosque. Con Lenore. Con besos. Con pan de maíz.
Pero el Capitolio tiene otros planes.
La plaza está abarrotada, y el miedo es una niebla más espesa que la de la mañana. El escenario, decorado con banderas y frases vacías, se prepara para la carnicería. Cuatro nombres saldrán del bombo: dos chicas, dos chicos. Un castigo doble, una celebración enferma. El Quincuagésimo Vasallaje.
