Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Consecuentemente, su siguiente principio era el de que el hombre trae consigo al mundo una peculiar porción o grano de viento, que podría llamarse la quinta essentia, extraída de las otras cuatro. Esta quintaesencia es de uso universal ante todas las emergencias de la vida, hace mejorables todas las artes y ciencias y puede ser maravillosamente refinada, así como ampliada, mediante ciertos métodos educativos. Una vez alcanzada su perfección no debe ser codiciosamente acaparada, ni sofocada, ni ocultada bajo un celemín, sino difundida sin reservas a toda la humanidad. Basándose en estas razones, y en otras de igual peso, los sabios eolistas afirman que el don de eructar es el acto más noble de una criatura racional. Y para cultivar dicho arte, y hacerlo más provechoso para la humanidad, se sirvieron de diversos métodos. En ciertas épocas del año, uno podía contemplar a sus sacerdotes, en gran número, con sus bocas abiertas de par en par de cara a la tormenta. Otras veces se les veía por centenares, unidos en cadena, formando círculo, cada uno con un fuelle aplicado al trasero de su vecino, mediante el cual se inflaban unos a otros hasta alcanzar la forma y el tamaño de un tonel; y por esta razón, muy apropiadamente, solían llamar vasijas a sus cuerpos. Cuando, mediante esos procedimientos y otros parecidos, llegaban a estar suficientemente repletos, partían de inmediato y hacían desembocar, en beneficio del bien común, una abundante ración de lo que habían adquirido en los morros de sus discípulos. Pues debemos advertir aquí que entre ellos se consideraba que toda erudición estaba compuesta por el mismo principio, pues, en primer lugar, se afirma o se admite, de manera general, que el saber infla a los hombres, y en segundo lugar, lo demostraban mediante el siguiente silogismo: las palabras no son sino viento, y las ciencias no son sino palabras, ergo, la ciencia no es nada más que viento. Por esta razón, los filósofos eolistas, en sus escuelas, impartían a los alumnos todas sus doctrinas y opiniones por medio de eructos, en lo que habían adquirido una maravillosa elocuencia de increíble variedad. Pero la gran peculiaridad que mejor distinguía a sus mayores sabios era la de cierta expresión de su semblante, que ofrecía una indudable información sobre hasta qué punto o proporción el espíritu agitaba la masa interior. Porque, expulsados los vientos y vapores después de algunos retortijones, y habiendo causado, por su turbulencia y convulsiones interiores, un terremoto en el pequeño mundo del hombre, les distorsionaba la boca, provocaba la hinchazón de sus mejillas y daba a sus ojos una especie de terrible relieve; en esas circunstancias, todos sus eructos eran considerados cosa sagrada, cuanto más agrios mejor, y tragados con infinito consuelo por sus exiguos devotos. Y para conseguir un efecto más completo, como el aliento de la vida humana reside en sus fosas nasales, así los eructos más selectos, más edificantes y más alentadores eran, por consiguiente, transmitidos a través de ese conducto, para darles ese matiz a su paso por él.


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