Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Sus dioses eran los cuatro vientos, a los que rendían culto como espíritus que impregnan y avivan el universo, y solo de los cuales puede decirse apropiadamente que procede toda inspiración. No obstante, el principal de ellos, al que rendían la adoración de latría, era el todopoderoso Norte, una antigua deidad por la que los habitantes de Megalópolis, en Grecia, tenían asimismo la más alta veneración: omnium deorum Boream maxime celebrant. A este dios, aunque estaba dotado con el don de la ubicuidad, le suponían los eolistas más profundos la posesión de un alojamiento especial, o más exactamente, un coelum empyraeum, en el que estaba más íntimamente presente. Este estaba situado en cierta región, bien conocida de los antiguos griegos, llamada por ellos Σĸοτια, o país de tinieblas. Y aunque sobre este asunto ha habido muchas controversias, es indiscutible que los eolistas más refinados proceden originalmente de una región con esa denominación, de donde, en todas las épocas, sus sacerdotes de mayor celo han aportado la más excelsa inspiración, captándola del manantial mismo con sus propias manos mediante ciertas vejigas que hacían reventar entre los de su secta de todo el mundo, que diariamente quedaban, quedan y quedarán jadeantes y resollando en su esfuerzo por obtenerla.