Cuento de un tonel
Cuento de un tonel En cuanto a sus ritos y misterios, estos se celebraban de la siguiente manera: como es bien sabido entre los doctos, los virtuosos de épocas pasadas se las habían ingeniado para transportar y conservar los vientos en cubas o toneles, lo que era de gran utilidad en las largas travesías por mar, y es de lamentar que hoy en día se haya perdido un arte tan útil, aunque, no sé cómo, Panciroli lo haya omitido con gran negligencia. Fue una invención atribuida al mismo Eolo, el dios que dio nombre a la secta, la cual, para honrar la memoria de su fundador, ha conservado hasta hoy un gran número de esos toneles, de los cuales colocan uno en cada uno de sus templos, después de haberle quitado la tapa superior; en los días solemnes, penetra en esa cuba o tonel el sacerdote, donde habiéndose preparado antes debidamente mediante los métodos ya descritos, se le instala secretamente un embudo desde su trasero hasta el fondo de la cuba, lo que le permite obtener nuevas fuentes de inspiración a través de una grieta o ranura situada al norte. Y así se le puede ver cómo se hincha rápidamente hasta alcanzar la forma y el tamaño de su recipiente. En esa situación descarga auténticas tempestades sobre su auditorio, a medida que la inspiración de debajo le lleva a manifestarse, lo que, saliendo ex adytis et penetralibus, no se produce sin mucho dolor y retortijones. Y el viento, al escapar, actúa con su cara del mismo modo que lo hace con el mar, primero oscureciéndola, luego arrugándola, y finalmente haciéndola estallar entre espuma. Es de esta guisa como el eolista sagrado vierte sus eructos de oráculo sobre sus jadeantes discípulos, algunos de los cuales buscan ansiosamente, boquiabiertos, el santificado aliento, mientras otros cantan todo el rato himnos de alabanza a los vientos, a la vez que se dejan mecer suavemente por su propio canturreo, representando así las suaves brisas de sus apaciguadas deidades.