Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Y del mismo modo que la mente del hombre, cuando este da rienda suelta a sus pensamientos, nunca se detiene, sino que de un modo natural se aventura hasta los extremos, el de lo alto y lo bajo, el de lo bueno y lo malo, asà también el primer vuelo de su fantasÃa lo transporta por lo general a ideas de lo que es más perfecto, logrado y sublime, hasta que, habiendo remontado el vuelo fuera de su propio alcance y su propia vista, sin percibir bien lo cerca que están los lÃmites que separan altitud y profundidad, en el mismo rumbo y vuelo cae precipitándose hasta el más profundo de los abismos, como uno que viajando hacia el Este aparece en el Oeste, o como una lÃnea recta que, al prolongarse, traza un cÃrculo. Tanto si un rastro de malicia en nuestra naturaleza nos induce a presentar cualquier idea brillante con su reverso, como si la razón, al reflexionar sobre el conjunto de las cosas, solo puede, igual que el sol, alumbrar un hemisferio del globo, dejando necesariamente la otra mitad en la sombra y la oscuridad; o como si la fantasÃa, remontándose hasta la imaginación de lo más alto y mejor, rebasa su objetivo, y gastada y cansada, cae bruscamente al suelo, como un ave del paraÃso muerta; o como si, después de todas estas conjeturas metafÃsicas, no haya yo acertado del todo con la razón verdadera, la proposición en la que, sin embargo, me he sostenido en tantas otras circunstancias, sigue siendo igualmente válida: que, conforme las partes menos civilizadas de la humanidad, de un modo u otro, han ascendido hasta la idea de un dios o de un poder supremo, rara vez se han olvidado de fomentar sus temores con ciertas nociones espantosas que, a falta de algo mejor, les han servido como diablo de manera más que aceptable. Y ese modo de proceder parece ser bastante natural, porque sucede con los hombres cuyas imaginaciones se exaltan mucho, del mismo modo que con aquellos cuyos cuerpos se elevan, que, mientras se deleitan con la ventaja de una contemplación más cercana cuando miran hacia arriba, igualmente se horrorizan ante la sombrÃa perspectiva del precipicio que ven abajo. AsÃ, a la hora de elegir un demonio, el método habitual de la humanidad ha sido el de escoger un ser que, o bien por sus actos o bien por su aspecto, resultara de la mayor aversión para el dios que ellos mismos habÃan ideado. Del mismo modo, la secta de los eolistas estaba poseÃda por el temor, el horror y el odio a dos malignas criaturas, entre las cuales y las divinidades que ellos adoraban se habÃa establecido una enemistad perpetua. La primera de ellas era el camaleón, enemigo jurado de la inspiración, y que, como desprecio, devoraba grandes influjos de su dios sin devolver a cambio la menor ráfaga mediante eructos. La otra era un terrible gran monstruo, llamado Moulinavent, que, con sus cuatro grandes brazos, mantenÃa una batalla eterna contra todas sus divinidades, girando hábilmente para esquivar sus golpes y devolvérselos con creces.