Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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Examinemos ahora a los grandes introductores de nuevos esquemas filosóficos, y tratemos de averiguar de qué facultad del alma procede en los mortales la disposición a persistir en conocer, con entusiástico celo, nuevos sistemas sobre cosas consideradas por todos como imposibles de saber: de qué semillas brota esa disposición y a qué cualidades de la naturaleza humana deben estos grandes innovadores contar con tan numerosos discípulos. Porque está claro que varios de entre los más notables de ellos, tanto antiguos como modernos, eran por lo general erróneamente considerados por sus adversarios, y de hecho por todos excepto por sus seguidores, como personas que estaban locas o fuera de sus cabales, al haber seguido habitualmente, en el curso de sus palabras y acciones, un método muy diferente de los vulgares dictados de la razón no cultivada. Estaban mayormente de acuerdo, en sus distintos modelos, con sus actuales e indudables sucesores en la academia del moderno Belén, cuyos méritos y principios examinaré más adelante en su lugar adecuado. De esta clase eran Epicuro, Diógenes, Apolonio, Lucrecio, Paracelso, Descartes y otros, los cuales, si estuvieran hoy en el mundo, firmemente atados y separados de sus seguidores, correrían un manifiesto peligro de flebotomía, látigos, cadenas, oscuras mazmorras y catres de paja. Pues ¿qué hombre, en el estado o discurso natural de su pensamiento, ha concebido jamás que estuviera en su mano reducir las nociones de toda la humanidad exactamente a la misma longitud, anchura y altura que las suyas? Sin embargo, ese es el primer propósito, humilde y respetuoso, de todos los innovadores en el imperio de la razón. Epicuro estaba modestamente esperanzado en que, algún día, una determinada coincidencia fortuita de las opiniones de todos los hombres, tras perpetuos encontronazos de lo brusco con lo suave, de lo ligero con lo pesado, de lo redondo con lo cuadrado, uniría, merced a ciertos clinamina, las nociones de átomo y de vacío, como sucedía en el origen de todas las cosas. Cartesio aspiraba a ver, antes de morir, las opiniones de todos los filósofos, como tantas estrellas menores, envueltas y absorbidas al interior del vórtice de su romántico sistema. Ahora bien, me gustaría que se me dijera cómo es posible que determinados hombres se imaginen unas fantasías como esas sin recurrir a mi fenómeno de los vapores que ascienden desde las facultades inferiores hasta oscurecer el cerebro y ser destilados allí en forma de conceptos, para los cuales la estrechez de nuestra lengua madre no ha asignado aún ningún otro nombre que no sea el de locura o frenesí. Conjeturemos ahora, por tanto, cómo es posible que ninguno de esos grandes prescriptores nunca dejan de estar provistos, ellos y sus nociones, de un buen número de implícitos discípulos. Y creo que la razón es fácil de establecer, pues existe una cuerda peculiar en la armonía del conocimiento humano que, en algunos individuos, tiene exactamente la misma sintonía. Si se afina esa cuerda con destreza hasta lograr la nota correcta, y luego se hace sonar con delicadeza, cada vez que se tenga la buena suerte de coincidir con los del mismo tono, estos, por una secreta y necesaria simpatía, la harán sonar exactamente al mismo tiempo. Y en esta única circunstancia reside todo el talento o la suerte del asunto, pues si ocurriera que tañéis la cuerda entre los que están por encima o por debajo de vuestra estatura, en lugar de adherirse a vuestra doctrina, estos os atarán bien atados, os llamarán locos, y os tendrán a pan y agua. Es, por tanto, cosa de elevado comportamiento la de saber distinguir y adaptar ese noble talento a las diferencias de personas y de épocas. Cicerón comprendió eso muy bien cuando, al escribir a un amigo de Inglaterra, le advirtió, entre otras cosas, que tuviera cuidado con que no lo engañaran nuestros cocheros (que, al parecer, en aquellos tiempos eran ya tan granujas como lo son ahora), y utilizó estas admirables palabras: Est quod gaudeas te in ista loca venisse, ubi aliquid sapere viderere[29]. Porque, para decir la cruda verdad, es un error fatal el de organizar tan mal los asuntos que se pueda pasar por necio ante determinada gente, mientras que ante otra puedas ser considerado un filósofo. Lo cual quisiera que algunos caballeros conocidos míos tuvieran muy en cuenta, como un oportuno innuendo.


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