Cuento de un tonel

Cuento de un tonel

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¿Que hay algún discípulo que haga pedazos su jergón, jurando y blasfemando, que muerda su rejilla echando espuma por la boca y que vacíe su orinal en las caras de los curiosos? Pues que los excelentísimos comisionados para la inspección le manden un regimiento de dragones para enviarlo a Flandes con los demás. ¿Que hay otro que habla todo el tiempo, farfullando boquiabierto, vociferando sin pausa ni articulación? ¡Qué maravillosos talentos se pierden ahí! Que le faciliten de inmediato una bolsa verde y papeles, le metan tres peniques en el bolsillo y que lo manden a Westminster Hall. Y encontraréis a un tercero midiendo con toda seriedad las dimensiones de su cubículo, una persona previsora y perspicaz, aunque encerrada en la oscuridad; porque, como Moisés, ecce cornuta erat ejus facies[31]. Camina con determinación, solicita vuestra moneda con la debida gravedad y ceremonia, habla mucho de lo mal que están los tiempos, y de los impuestos, y de la ramera de Babilonia; atranca la ventana de madera de su celda cada vez que dan las ocho, sueña con fuego y con rateros, con clientes de la corte y con lugares de privilegio. Ahora bien, ¡cuánto valdrían todos esos conocimientos si a su propietario se le enviara a la ciudad, entre sus semejantes! Mirad ahora al cuarto, en larga y profunda conversación consigo mismo, mordiéndose los pulgares en los momentos adecuados, su semblante cuarteado por afanes y proyectos, caminando a veces muy deprisa, con sus ojos clavados en un papel que sostiene en sus manos: un gran ahorrador de tiempo, a veces duro de oído, muy corto de vista, pero más aún de memoria; un hombre siempre con prisas, gran promotor de negocios y excelente en el famoso arte del vano susurro, desmedido idólatra de monosílabos y aplazamientos, tan dispuesto a dar su palabra a todo el mundo como a no cumplirla, alguien que ha olvidado el común significado de las palabras, pero admirable reteniendo su sonido; alguien extremadamente sometido a la inconcreción, pues sus ocupaciones lo requieren constantemente en otra parte. Si uno se acerca a su rejilla en los intervalos de comunicación, le dirá: «Señor, dadme un penique y os cantaré una canción, pero dadme primero el penique». (De aquí viene el dicho común, y la costumbre todavía más común, de separarse del dinero por una canción). ¡Qué completo es el sistema de habilidades cortesanas que se ha descrito aquí en todas sus variedades, todas ellas enteramente perdidas por no saberlas utilizar! Acercaos al agujero de otra celda (primero tapaos la nariz) y veréis a un mortal hosco, lúgubre, repugnante y mugriento, hurgando en sus propios excrementos y chapoteando en su orina. Lo mejor de su dieta consiste en la restitución de sus propias inmundicias, que, exhaladas como vapores, flotan perpetuamente alrededor de él y acaban reincorporándose. Su tez es de color amarillo sucio, con una barba fina y rala, coincidente con dicha dieta en su primera fase, como esos insectos que, habiendo nacido y crecido en el excremento, adquieren de este su color y olor. El pupilo de este aposento es muy parco en palabras, pero es un tanto más generoso con su aliento: extiende su mano para recibir vuestro penique, e inmediatamente después de recibirlo se vuelve a sus anteriores ocupaciones. Ahora bien, ¿acaso no es sorprendente pensar que la sociedad de Warwick Lane no tenga mayor interés por recuperar a un miembro tan capaz, el cual, a juzgar por las apariencias, se hubiera convertido en el mayor ornato de esa ilustre corporación? Otro de los pupilos pasa pavoneándose orgulloso ante vuestras narices, resoplando, con los ojos medio desorbitados, y os ofrece graciosamente la mano para que se la beséis. El guardián os dice que no tengáis miedo de este ejemplar, pues no os hará daño; solo a él le está permitido acceder a la antecámara, y el guía del lugar os da a entender que esa solemne persona es un sastre que enloqueció de orgullo. Este importante pupilo está adornado de muchas otras cualidades, sobre las cuales ahora no me voy a extender _____ Prestadme oídos_____ Me extrañaría no estar en lo cierto de que toda su destreza, sus movimientos y sus aires no fueran muy naturales y no estuvieran en su propio elemento.


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