Cuento de un tonel
Cuento de un tonel No voy a ser tan minucioso como para insistir en el gran número de petimetres, tramposos, poetas y políticos que el mundo podría recuperar mediante una reforma semejante, pero sí en lo que es más material, aparte del patente beneficio que supone para la comunidad un incremento tan notable de personas a las que dar empleo, cuyos talentos y conocimientos, si puedo atreverme a afirmarlo, están ahora enterrados o al menos malgastados: sería de gran provecho para el público que todas ellas destacaran y llegaran a una gran perfección en sus varias especialidades; lo que, creo yo, resulta patente después de lo que ya he expuesto y puedo hacer valer con un sencillo ejemplo, a saber, que incluso yo mismo, autor de estas verdades trascendentales, soy una persona cuyas imaginaciones no son obstinadas y excesivamente dispuestas a escapar con su razón, la cual, por lo que he observado tras larga experiencia, es un jinete muy ligero y fácil de desmontar; a cuenta de lo cual mis amigos nunca se fiarán de mí a menos que les prometa solemnemente dar rienda suelta a mis especulaciones, de esta o parecida manera, para el universal beneficio del género humano, lo que quizá el gentil, cortés y cándido lector, rebosante de esa moderna caridad y ternura habitualmente unidas a su función, estará difícilmente dispuesto a creer.