Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Con la palabra crítico, tan frecuente hoy día en todas las conversaciones, se ha distinguido a veces tres especies muy diferentes de hombres mortales, conforme a lo que he leído en libros y folletos antiguos. En primer lugar, se aplicaba ese término a las personas que inventaron o redactaron normas para sí mismos o para todo el mundo, cuya observancia por un lector prudente permitan a este pronunciarse sobre las obras de los sabios, formar su gusto hasta el verdadero deleite de lo sublime y lo admirable, y distinguir entre la belleza de un tema o de un estilo y lo fraudulento de sus imitaciones: en su examen de los libros pueden señalar sus errores y defectos, lo nauseabundo, lo exagerado, lo aburrido y lo impertinente, con la cautela de un hombre que por la mañana pasea por las calles de Edimburgo y que tiene el mayor de los cuidados en avistar y descubrir la basura que puede encontrarse en su camino; y no por la curiosidad de observar el color y el aspecto de la inmundicia, o de apreciar sus dimensiones y menos aún de chapotear en ella o de probarla, sino solo con la intención de salir de allí lo más limpiamente que pueda. Esos hombres parecen haber entendido, aunque muy equivocadamente, la denominación de crítico en sentido literal, como es el que un aspecto principal de su oficio era el de elogiar y exculpar, y que un crítico que se apresta a leer solo como una ocasión para censurar y reprobar es una criatura tan bárbara como un juez que resolviera ahorcar a todos los hombres que comparecieran ante él en un juicio.