Cuento de un tonel

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Confieso que he compartido durante mucho tiempo este error general, del cual jamás me habría liberado si no llega a ser por la ayuda de nuestros nobles modernos, cuyos tan edificantes volúmenes repaso infatigablemente día y noche para provecho de mi pensamiento y para el bien de mi país: estos modernos, con incansables esfuerzos, han hecho muchas indagaciones útiles en los puntos flacos de los antiguos y nos han dado una lista completa de ellos. Además, han demostrado, más allá de toda contradicción, que los legados más valiosos de lo antiguo se han inventado mucho después y los han dado a conocer plumas muy posteriores, y que los más nobles descubrimientos hechos jamás por esos antiguos, artificiales o naturales, todos han sido producidos por el genio transcendente de la época actual. Lo que demuestra claramente lo pequeño que es el mérito que, en justicia, pueden pretender aquellos antiguos, y cancela esa ciega admiración que les otorgan hombres arrinconados que tienen la desgracia de comunicarse muy poco con las cosas de ahora. Al reflexionar con madurez sobre todo ello y considerar en todo su alcance la naturaleza humana, he llegado sin esfuerzo a la conclusión de que estos antiguos, un tanto conscientes de sus muchas imperfecciones, sin duda tienen que haber intentado, según vemos en algunos pasajes de sus obras, rehuir, ablandar o distraer al lector hipercrítico mediante sátiras o panegíricos dirigidos a los verdaderos críticos, en imitación de sus maestros los modernos. Y estaba yo tan versado en los lugares comunes de esas sátiras y panegíricos, tras un largo y provechoso estudio de prefacios y prólogos, que decidí por tanto de inmediato intentar qué se podía averiguar de ellos mediante el examen diligente de los escritores más antiguos, y especialmente de aquellos que trataban de las épocas más primitivas. Aquí fue donde descubrí, para mi gran sorpresa, que aunque todos ellos, en alguna ocasión, abordaban la particular descripción del crítico verdadero, unas veces impulsados por sus miedos y otras por sus esperanzas, todo lo que tocaran en ese terreno lo hacían con un exceso de precaución, y no se aventuraban más allá de la mitología y del jeroglífico. Supongo que eso fue lo que dio pie a los lectores superficiales, que basaban su postura contraria a la antigüedad del crítico verdadero en el silencio de los autores, aunque los modelos sean tan opuestos y las aplicaciones tan necesarias y naturales que no es fácil concebir cómo ningún lector de visión y gusto modernos pueda pasarlos por alto. Me aventuraré a presentar unos pocos de entre un gran número de ellos, que, estoy convencido, dejarán zanjada esta cuestión.


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