Cuento de un tonel
Cuento de un tonel Ahora bien, es seguro que la institución de los críticos verdaderos era de absoluta necesidad para la comunidad de las letras. Pues todos los actos humanos parecen estar distribuidos, como los de Temístocles y sus compañeros; un hombre sabe tocar un instrumento, otro puede hacer de un pueblo pequeño una gran ciudad, y el que no puede hacer ni una cosa ni otra merece que le echen del mundo a patadas. Evitar este castigo ha sido sin duda lo que ha dado lugar al nacimiento del reino de los críticos, y, con ello, una ocasión para que sus detractores secretos declararan que un crítico verdadero es una especie de operario, instalado en su tienda, con su mercancía y las herramientas propias de su negocio, a un coste tan modesto como el de un sastre, y que existe mucha analogía entre los utensilios y las capacidades de ambos: puesto que el cajón del sastre es como el manual de lugares comunes que maneja el crítico, y su ingenio y sabiduría son realzados por la plancha; que se precisan al menos tantos de uno para hacer un sabio como de los otros para componer un hombre, que el valor de ambos es igual, y sus armas casi del mismo tamaño. Mucho podría decirse como réplica a estas ingratas consideraciones, y puedo afirmar con total seguridad que la primera es una falsedad, ya que, por el contrario, nada es más cierto que librarse de la compañía de un crítico requiere del mayor de los empeños, más que la de cualquier otro que se pueda nombrar. Pues así como para ser un verdadero mendigo es menester que el candidato se gaste cada moneda que posea, del mismo modo, antes de que pueda empezar a ser un verdadero crítico, a un hombre eso le ha de costar todas las buenas cualidades de su intelecto; lo cual, para una adquisición menor quizá se consideraría un precio solamente discreto.