Cuento de un tonel

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Que conste, por lo tanto, que el hermano Juan, rebosante de esta milagrosa mezcla, pensando con indignación en la tiranía de Pedro, e incitado además por el desengaño de Martín, tomó sus resoluciones en consecuencia. «¡Cómo!», dijo, «¡un bribón que cerró con llave la bodega, echó de casa a nuestras mujeres, nos estafó y nos dejó sin nuestros bienes, nos escamoteó el cordero con sus malditos mendrugos y al final nos puso en la calle a patadas! ¿Vamos a seguir sus modas cogiendo la sífilis? ¿A un granuja, además, al que increpan por las calles?». Habiéndose mostrado así de encendido e inflamado, y, por consiguiente, con el delicado temple requerido para emprender una reforma, se puso inmediatamente manos a la obra, y en tres minutos despachó más de lo que lo había hecho Martín en otras tantas horas. Porque, cortés lector, debes entender que el celo nunca es tan efectivo como cuando se emplea para desgarrar algo, y Juan, que tenía predilección por esa cualidad, esta vez la empleó a pleno rendimiento. Y así sucedió que, al deshacer una parte del encaje de oro con demasiado ímpetu, rasgó el cuerpo principal de su casaca de arriba abajo; y como no tenía un especial talento a la hora de dar una puntada, no se le ocurrió un mejor remedio que volver a zurcirla con un cordel y una broqueta. Pero la cosa fue todavía infinitamente peor (lo expongo con lágrimas en los ojos) cuando siguió con los bordados, pues siendo torpe por naturaleza y de carácter impaciente, observando además que aquellos millones de puntadas requerían de la mano más hábil y del temperamento más sosegado para soltarlas, desgarró enrabietado toda la pieza, tela y todo, y la arrojó al sumidero, y continuó enfurecido su tarea diciendo: «¡Ay, mi buen hermano Martín, haz como yo, por el amor de Dios: arranca, desgarra, tira, rasga y desuella todo, para que nos mostremos lo más distintos posible de ese canalla de Pedro! Ni por cien libras permitiría que se viera en mí la menor señal que pudiera hacer sospechar a los vecinos de mi parentesco con semejante granuja». Pero Martín, quien parecía entonces ser mucho más flemático y apacible, rogó a su hermano, encarecidamente, que no dañara su casaca de ninguna manera, pues nunca volvería a tener otra igual; le pidió también que tuviera en cuenta que no les correspondía proceder con sus actos en función de lo hecho por Pedro sino por observar los mandatos establecidos en el testamento paterno. Y que debía recordar que Pedro seguía siendo hermano de ambos, cualesquiera que fuesen las faltas o daños que hubiera cometido, y que, por lo tanto, deberían evitar, por todos los medios, pensar en tomar medidas, para bien o para mal, motivadas solamente por su oposición a él. Que era cierto que el testamento de su buen padre era muy estricto en lo tocante a vestir sus casacas, pero que no era menos punitivo y estricto al prescribir concordia, amistad y afecto entre ellos. Y que, por lo tanto, si era dispensable forzarlo en algún punto sería mejor que lo fuera en favor de la unidad que en incremento de la contradicción.


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